![]() |
| La belleza |
Se despertaba todas las mañanas con ánimo pálido,
cachorra al lado, entre sábanas de buena marca, o eso decía su madre a todas
las señoras gordas, fruncidas, opacas y ácidas que visitaban la casa cada que
querían, cada que las llamaban, cada que veían, cada que compraban, cada que parloteaban.
Intentaba tragarse el orgullo de otra vida, de sobrellevar la vergüenza, el
deshonor de estar postrado, de ser un don nadie, de estar impedido de ser el iconoclasta
disidente que quiso ser, de haber nacido en ese cuerpo endeble, exangüe,
posheco y holgazán, meditando o respirando o pretendiendo usar cualquier otra
técnica que había leído hace más de una década ya, pero que parecía ahora no
ser de mucha ayuda. Entonces, pensaba que por qué en esa familia, que por qué
sin plata, que por qué hace pocos meses lo tenía todo, que viento en popa y
soplando a favor figuraba la vida, no hace mucho, tan lisa, tan llana, y ahora
todo revertido, todo enrevesado.
Allí, la cachorra se acercaba, como todas las
mañanas, a paso lento, soltando un bostezo, con un leve aullido ternuroso que
le recordaba los días en las tierras altas donde la vida era serena, las
amistades copiosas, las actividades repetitivas, la calidez de la gente envolvente
y dignificante y el trago, el trago, abundante. Ella lo miraba con ojos de
caricias y, ante no mejor cosa que hacer, él pasaba algunos minutos rozando
suavemente el pelaje denso y tercio del can. Yacía unos cuantos minutos más
mirando el techo, viendo a la nada, observando su penuria interna, pensando en
la melancolía de estar de vuelta, recluido en un rincón del mundo, con los
sueños rotos, los sentimientos desconectados, en soledad profunda, incomunicado
y forzadamente inmutable, sin poder decir que saldrá a la calle a crear las
circunstancias, a encontrar la solución, a manejar la situación, no porque no
quería decirlo o hacerlo, que era lo que más quería tal vez (si siquiera quería
algo), sino porque no podía, ¡pues no podía ni moverse! La salud se le había
consumido demasiado y no había perdido poco: la beca, los ahorros, el trabajo,
la chica, los conocidos, las oportunidades; su mundo, y estaba perdiendo lo más
valioso de ese mundo, una vez gustoso, ahora siempre insípido, lo más valioso:
el tiempo, y no cualquier tiempo, la juventud, ¡la puta juventud, maldita sea! –no
dejaba de vibrar la voz en su cabeza–; como decían: joven ¿acaso no sientes que
el tiempo se te está acabando? No solo sentía que se le estaba terminando,
sentía que ya se le había pasado el tiempo, ya se le había pasado la coyuntura;
la edad perfecta era los veintiséis. Se venía en concentrado e incontenible en
la perseverancia, en la insistencia y la persecución onírica; le valía, como le
había enseñado su amigo centroamericano, le valía tres hectáreas de verga. Aun
así, se levantaba y pisaba la mina, pero no se pasaba el resto del día
recogiendo las partes.
Que el desayuno ya estaba listo, que a comer, que
comer las frutas primero, que se tenía que cuidar, qué oprobio, qué vergüenza ¿Desde cuándo él dependía de los demás?
Era autosuficiente, lo había sido desde que recordaba, todo le importaba un
carajo, para todo prorrumpía un I don’t
care, como le había enseñado su amiga norteamericana. La casa, toda
envejecida; la serranita de la limpieza contando sus desgracias negras y
cobrizas, sus cojudeces de sufridos, sus huevadas de la crudeza del mundo
tercero, del infortunio; y tenía que pasarse los primeros minutos de la mañana
allí adentro; escuchando, escuchando. Todos en la familia habían encanecido, avejentado.
Se habían puesto más viejos, pero no, más sabios, no eran como el vino; qué ignominia, qué pena. Las mismas
tonterías invariables, que la Mariananda ya demasiado se pasa ya; que mi hijo,
mi hijo, extraño a mi hijo; que la tal es una pendeja; te quito el eso ah; que
el otro se la pasa haraganeando todo el día; que el Juanito es así, que pobre
la Catalina, uy se va a llevar a su hijo y regresar a su país; que el otro
simplón no quiere cambiar; que pienses en positivo, todo va a estar, todo pasa
por algo, que había que ir al médico en cuanto haya algo de dinero; que no
hasta que haya lo suficiente para todo el tratamiento; pero si no sabes qué
tienes, cómo sabes cuánto necesitas, que tienes que mentalizar, que visualizar;
que esto y aquello, que la vacuidad y la nimiedad, que ni mierda ni mea.
Así llegaba la hora de decidir qué hacer ese día,
entre lo poco que podía hacerse en ese Macondo barato, en ese Chernóbil mental.
Había perdido las ganas de aprender. Para qué, pensaba, para qué, pa qué hacer, pensar, trabajar, para qué
seguir las normas, los patrones si, sin importar lo que hagas siempre, te
juzgarán y te mantendrán intacto por el último acto, si, así te comportes
correctamente o irrespetuosamente, lo olvidarán, se desvanecerá como el ocaso
sobre el mar antes de terminar el día; antes de terminar el día nadie nunca se
acordará, y si lo hacen, pronto podrás seguir con tu vida si tienes el
suficiente carisma para imponerte a la situación y jugar estratégicamente las
interrelaciones de esta modernidad líquida, tan espesa. Al siguiente instante,
se veía inmerso en una patraña social, en una paparrucha familiar. Bueno, había
que sacar a la perra para refrescar el ambiente de la casa, mejor dicho, para
refrescar la psique, para ignorar por unos minutos esa decadencia, ese declive
del hogar, aunque afuera tampoco era un túnel hacia la luz, nada más que una
broma que parecía diseñada por algún comediante burdo, por algún guasón.
Cruzaba el umbral, miraba alrededor, las casas
deformes, con diseños de villorrio; todas, bloque sobre bloque, como hechas de juguetes,
con arquitectura básica, accidental, sin hondura, sin contenido, como
impensadas, fabricadas solo para espirar la vida y esperar la muerte, sin
estética ni sentido, sin maroma artística, sin nada; y la gente, ¡ay la gente!;
allí esa pesadez nuevamente; rostros casaverduscos, catedralescos, miradas
pícaras y desgraciadas, párpados caídos, pigmentados por la irresponsabilidad
más que por el sol; poros dilatados, manantiales; rostros corrugados, miradas
inquisidoras, ánimas desasosegadas, caras, caretas curiosas, caretas fisgonas,
sombras y figuras indiscretas, fácilmente impresionables; y saludos y
preguntas; que cómo has estado (jodido); que hasta cuándo te quedas (lo menos
posible); que en dónde estuviste (por ahí, ¿importa?); que adónde te vas ahora
(a ningún lado); ah, ya no te irás; ah, gusto en verte [entonces]; ah y las
conversaciones o, por mejor decir, ay las conversaciones…
—Sí pues, te cuento, manita.
—¡OE, VEN AL TOQUE!
—Pucta, no viene ese huevón.
—¡Hola! ¿Cómo estás? — alguna señora con sonrisa
sobreactuada.
—Perro conchatumadre,
sal de acá, mierda —un personaje agrio sentado en la acera, dejando la vida
pasar.
—¿Qué tal? ¿Cómo está? Buenos días —con cadencia apresurada
y paso ligero.
—¡Hola! —una persona más que nunca me ha saludado—
¡Cuánto has crecido! ¿Cómo estás, hijo? ¿Machito o hembrita? Uy, te vas a hacer
la cría. JA, JA, JA.
—¡Aeh!
Ningún reverbero, ningún entendimiento, ninguna
epifanía en las ojeadas y soslayos de la gente. Piensa, pienso, piensa en Kant,
Schopenhauer, Nietzsche y Marco Aurelio, y no poder compartir nada al respecto
con nadie, porque a quién chucha le importa, a quién carajos le interesa. Y
piensa en el democratizador de Gardner y se inquiere dónde está toda esa gente
inteligente con quien conversar, con quien trocar, con quien cavilar; y vuelve
a pensar que ya está harto del chisme banal, de la plática somera, de la charla
adormecedora con cerebros agrietados por el inmediatismo, el facilismo, el
fragmentarismo, ese superficialismo; harto de cruzar palabra con esos terrenos
baldíos en los que nos hemos convertido los seres humanos en las últimas
décadas y en la impotencia de no haber podido hacer nada para impedirlo por no
haber nacido antes; si tan solo pudiésemos viajar en el tiempo como Borges; cómo
me duele, cómo me hiere este nuestro espíritu-vado, nuestro intelecto-esguazo.
Me demoro, hago una pausa, que por qué no tengo más
sueños, ¿por qué no sueño?, casi nunca sueño. Cameron sueña, Borges soñaba y
soñaba de lo más bonito. Se le ocurría cada genialidad. Bueno, él era Borges;
tú, ni aproximadamente.
Un tipo, un hombre que conoció hace algunos días, que
sólo había visto dos veces en su vida, pasa por la acera de enfrente, le silba,
le silba reiteradas veces, le grita, gira, se fija en quién es, lo recuerda.
—¿Cuándo un par? —pregunta con una luz malnaturalosa
en la expresión.
—Tú
dirás —ipso facto responde—. Yo
siempre tengo tiempo.
Y no; no se dio ese tiempo libre al que se refiere, se
lo impusieron. Se lo impuso el destino… el mismísimo tiempo.
—Ya pes, pero en serio —dice con más seriedad y cierto
entusiasmo—. Espérame en la plazuela un toque. Voy a terminar una vaina y te
doy el encuentro.
Sigue, pensando en que no va a esperar. Dejará que la
cachorra se entretenga, juegue con los perros callejeros que andan olfateando
pasajeramente los nuevos olores del parque, deponga; amagará algunos
movimientos con ella, dentro de lo que su cuerpo le permita y retomará a pie
izquierdo el camino que lo llevó allí. Así mismo, una tenue alegría se empieza
a gestar en sus venas, unas ganas de paladear gotas de bebida que lo obliguen a
olvidar la realidad, a olvidar los dolores que lo aquejan, a elevarse tan
siquiera por un poquito.
Pasa el toque y, por una de las cuatro esquinas de la
plazuela, aparece Mario con dos botellas de cerveza Trujillo –esa birra local
tan mala–.
—A nada —piensa.
Y empieza la charla.
—¿Y qué tal? Días que no nos vemos —comenta Mario sin
ton ni son.
—Desde el último roche, no mucho —responde de igual
modo—. Qué vergüenza el otro día, oye.
—No pasa nada. Es así —replica el otro con tono
reconfortante—.
Se enrumban en el tratado de las mil y una cotidianidades
y hablan de los actos más superfluos de la vida en su conjunto. Siempre José
intenta cubrir su pesar y el dolor físico; simula una modestia, sin mencionar
viajes, retos que ha vivido, aventuras y glorias que ha sentido.
Pero la presión sanguínea empieza a acelerarse, la
sinapsis por un momento parece volverse más rápida, la psicología gana nuevo
temple, los músculos por fin van anestesiándose, se suspenden la mayoría de las
pesadumbres y la angustia cesa; la cura funciona; no; es solo el alcohol que comienza
a apoquinar, a hacer efecto, a romper a patadas la malagana…
Mario es un hombre de estatura media, cabeza cuadrada,
con follaje facial nivelado y no muy tupido; una mirada indagadora, levanta
siempre las cejas y ensancha la piel que rodea la sien para hacer énfasis en lo
que cree importante o sorprendente, aunque no lo sea; anda bien vestido, con un
atuendo simple, pero no cómodo ni huachafo; informal sí; un pantalón color pino
o alga, tirando para hunter green, y
un polo blanco con una imagen que no me tomo ni tiempo de analizar; tiene
caminar pausado como quien siente que tiene todo lo necesario para vivir sin
detenerse en qué es a lo que se dedica para hacerlo.
El par se convierte en tres pares y ya el coloquio se
va llenando de procacidad y vocablos soeces, se va enriqueciendo; no; más que
eso. El diálogo, en realidad, se va poniendo apasionante.
Que permaneció despierto toda la noche hablando con mi
tía, que ella es la única que le ha hecho sentir, que ha estado con todo tipo
de mujeres, pero que ninguna como ella, hermanito, que ella me ha hecho cambiar
y querer algo más; tú qué dices. ¿Qué?, ¿ya te vas a amarrar?; tal vez ya
siente cabeza; bien, bien, muchacho, eso ya lo verán ustedes, pucha, que se
haga lo mejor; ya me invitan pal matri
y la seguimos ahí sí. Mi mamá ya quiere que me reforme del todo, que deje la
huevada, mi viejita siempre está cuidándome y yo he sido una mierda, hermanito,
¿ah, sí!; de chibolo nunca he hecho caso; mi viejo nunca estaba; cuando tenía
trece, catorce, con mis patas, pucta, nos íbamos a bajar frutas al Portachuelo;
por ahí nos metíamos en las casas y nos traíamos alguna gallina o cuyes; mi
viejita enfurecía, no quería que ande en la cojudez. Por las noches salíamos
con el Jairo; tu familia, ¿no?, mi primo, a la Plaza de Armas y luqueábamos los
cuellos de las flaquitas; ¿qué tenían?; buscábamos cadenitas de oro o joyería
que pudiésemos vender y salíamos embalaos.
—Fiuh, fiuh —la perra ya se salía del perímetro de la
plazoleta—.
Se para una moto, se acerca un hombrecillo relleno, feo
y sudado.
—Oe Mario,
me ha pasado una vaina, un toque, por fa.
—Espérame un toque.
—Anda no más.
Cuchichean como las viejas chismosas que salen a tomar
el aire a las calles en las tardes desérticas. Vuelve.
Ese huevón está cagao,
se ha pelado una moto, pero la moto ya estaba marcada por otra banda y tá que
arruga porque lo van a enfriar le han dicho, me pide consejo, tiene que pagar
nada más para que lo dejen de fastidiar, que ponga su parte y listo. Aquí solo
hay un causa que hace ese trabajo, tiene todas las chambas y yo lo conozco pe;
quiere que le hable; ya yo le echo la mano, normal; ah, sí he escuchado que en
eso estás metido; ¿en qué ando?, ¿qué has escuchado?; que varias veces te han
querido: ¡pam, pam!, y que has estado corrido, escurriéndote, escondido, ¿qué
me dices?; sí pes, carajo; a mí me puedes contar tranqui, yo no hablo con nadie en este pueblo, ando recluido;
además, no soy el único que te conoce, ya sabes que aquí todo se sabe, todo el
mundo habla sin que le pregunten; pueblo chico, infierno grande; yo estoy
metido en mi jato y no salgo para nada más que lo necesario; yo también soy
igual, no me vas a ver en la calle, desde mi casa no más.
—Espera, voy a traer un par más.
Este es mi barrio, hermanito, toda esta es mi zona,
todos saben, me vas a ver tranquilo, perfil bajo, ya sabes, y siempre solo, no
me gusta compartir, nunca me ha gustado, no confío en nadie, no puedo trabajar
con nadie, me gusta ser el jefe, no sé trabajar con otros, todo para mí, ja,
ja; tá bien pes, es tu estilo; esta vida es jodida conchasumare. Una vez a un patita mío; él, tranquilo, estaba refrescándose
en la noche en el Parque de la Paz, con su viejito, los dos nada más, afuera de
su casa, de lo más relajados, sentados; un huevón en moto aparece, le vacía
todo el cargador, a él na más; es así; frente a su papá, huevón. Hay épocas en
los que las bandas se disputan las zonas, algunos que salen de la cárcel
quieren más territorio y se van bajando a los miembros de las demás, a los más
valiosos y a los más sonsos; entonces hay que moverse, sino te cagan.
Se acerca otro hombrecillo, más flaco, más viejo, más
pendejo, más sosegado, menos sudoroso (dos meses después se enterará de que aquel
hombrecillo es uno de los micro-comercializadores de droga más profusos de la
zona y que es un inverecundo, cara de jebe; supremo; un caraetronco).
—Oye, sobrino, ¿qué fue?
—Aquí pes, tómate un vasito.
—Ahí na más, sobrino. Toy mal, no puedo tomar, putamare.
—Mucha huevada pes.
—Estoy con el tabique mal, carajo, no puedo ni
respirar bien, y toda la faringe está inflamada.
—Puta yo también carajo, já.
—Ah, mira —solo relleno los espacios en silencio.
—Un tiempo estuve malazo, mano. Era adicto a la blanca, con tu primo inhalábamos. Tuve que
meterme a tratamiento. Por eso mi viejita quiere que ya me quede quieto. Estuvo
enferma. Me ha hecho pensar. Tuvo cáncer al endometrio.
—Ah, chucha, la mía también. Es cagao pes.
—Ha sido difícil verla así. Voy mejorando de a pocos.
—A la mía le dieron cinco años, ya pasaron tres.
—¿De veras? Mierda.
—Tú lo has dicho: la vida es mierda.
El tío, callado, mira a otros lados, escucha con
diligencia, se hace el desentendido, apura el vaso, lo comparte; me sirvo, qué
frío, qué relajante.
—¡Ven acá! —la perra se va siguiendo a otro perro. Me
alejo— ¡VEN ACÁ! —regresa, se acuesta bajo la sombra.
Los rayos del sol se incrustan en la piel –aunque
estemos bajo el lado opaco reacio a la luz del sol norteño–, detallan la
tonalidad de nuestra tez, tuestan y dan volumen a nuestras mejillas.
El tío interviene.
—El no-se-quién también está maluco, se fue a huaquear
hace poco y le ha dado el antimonio, utamare, por sacar los huacos pes.
—Eso es plata pe, yo también voy a sacar; bonitos —pronuncia
esas cejas y alarga la i como los peruanos—. Acá tengo algunas fotos. Estos son
mochicas.
Que son los mejores ceramistas preincaicos, que el
realismo de sus jarrones es único en comparación con otras culturas, que eran
bícromos, valen como mierda. Todos los que traigo se los vendo a mi cuñado, ese
concha es millonario, mi hermana es una capa. Tiene dos hoteles, uno, en Cajamarca,
otro, en Chachapoyas. Si quieres ir un día, me avisas nada más. Va a armar un
museo en uno de los hoteles, ya tiene como quinientas piezas. Que este otro
huaco es Chavín, ellos solo eran monocromos, que cheque estas figuras eróticas,
el Kama Sutra peruano, qué pendejadas, hermano, que allá en México, cuando fui,
también tienen un montón de cultura, que los Mayas y que los Aztecas eran tan
grandes como los Incas. La historia, mi predilecta, Josecito. Que los moches
fueron los de la Huaca del Sol y la Luna, tío; piensa; el Señor de Sipán, que
el Tumi de oro, que la corona, que las joyas, que el dios Ai Apaec, que el
rostro humano y felino; y me alecciona con tanta chabacanería, ese pasatiempo
de antes me cansa. Por un rato deja muy parvamente su ordinariez.
—Bueno, sobrino, ya me quito —el tío estaba claramente
aburrido, lentamente se aleja—.
A mí me vacila esa nota también; ¿en serio?, un día
vamos, te aviso; oe y nunca te has
puesto a estudiar nada o has pensado iniciar un negocio; me fui a estudiar
cocina, me encanta la cocina, te hablo de cortes de carne, tubérculos, salsas,
cremas, cocción, reconocimiento de ganado, peces, bivalvos, octópodos. Sólo hice
los primeros periodos y me salí, me vine, abrí mi restaurante, gente así, mira,
así. Luego abrí un gimnasio y después un taller de mecánica. Desde chiquillo todas
las llaves las he sabido diferenciar, veía el montón en la carretilla, nombre lanzado,
objeto correcto chapado; pa aprender, yo, rapidito; un frenesí intenso se
dibujaba en sus facciones con cada cosa que soltaba; todos los negocios
marcharon bien, rindieron; eres buen creador de riqueza dirían los gurús
modernos de las finanzas; pero me iba a gastar todo en chelas y trago; pero
eres un mente-pobre, típico, así es; toda mi familia bien inteligentes somos,
mi hermana estudió negocios, la llevaron becada a Costa Rica a que conozca la
ingeniería empresarial de las offshore;
que el hermano trabajaba para las minas canadienses más grandes en el Perú; que
los gallos de pelea, que la variación genética de las hembras para reproducción
de una progenie más fuerte y agresiva es determinante, que el entrenamiento no
influye tanto como la buena raza, que un último parcito, que vamos te invito
una parrillita; y la perra mata un polluelo, que de cachorrita comía con los
cerdos y mataba codornices en los campos de los Andes; que el otro día casi te
meto tu puñete porque tu perra y tú estaban jodiendo a mis gallos en el parque;
ah ese día, mi perra seguía al gallo de tu amigo, el que perdió, es hematófila
la condenada; la has rescatado, ¿no?, yo también una vez me traje un Pitbull,
pobrecito, lo atropellaron; tienes sensibilidad con los animales; y pienso en
que últimamente no siento nada, ¡esta anhedonia!, qué condicionado; bendito
alcohol; que aquí se vende solo hierba de la buena, ahora ya, ahora sí, prueba
un poco, toma; uh, sí, está buena; bueno, ya es hora de irse, creo; ya pues, hermanito,
con cuidado ah; sí, no pasa nada.
Y camina de regreso a casa, cuatro horas después,
ebrio, deambulando por las veredas huecas, cachorra al lado. Se acuerda de Manaus, de seus colegas, de las noches de estudio, da Casa do Estudante, da Quintino Bacaiúva, de su indeseado escape necesario.
Lleva unos audífonos a sus orejas. Un poco de música
alivia todavía más la deshonra, la vergüenza, la gravedad. Se siente bien,
salvo por el dolor físico que va recuperando su terreno, se ha sobrepasado. Todavía
no lo siente, pero en un par de horas las punzadas serán más agudas y los
calambres más tiesos y tendrá que reposar varios días. Los pensamientos, la
mancilla, van supurando como lava abrasadora; abarcando, invadiendo, dominando.
Llega; entra. Lo examinan con el reflejo del alma.
—¿Dónde has estado? —sin mascujar un hola, con
propósito indagador lo reciben.
—Por ahí —áspero y displicente—: en la calle.
—Ya me imagino dónde te has metido.
—Si ya te imaginas, ¿para qué preguntas?
Se dirige a su cuarto, saca el celular de su cajón, lo
desliza en el bolsillo trasero, retorna hacia la salida.
—¿Adónde vas ahora?
—A escuchar música.
No le creen y lo miran como un malcriado.
—¿Qué hago acá? —clama mentalmente—. ¿Cómo terminé de
nuevo en este país, en este pueblo, rodeado de toda esta peruanidad que me
motivó a retirarme? ¿Por qué tuve que regresar?
Cierra la puerta, camina solitario, silba, se enfrasca
en su juicio contrario, abre la puerta, sube las escaleras, se contiene, se
sienta, sufre, sufre mucho, se libera, percibe a través del oído al terapeuta
sonando que le dice, que lo identifica: Solo
quiero lo que no puedo tener. Y se replica: solo quiero escribir mejor de
lo que nunca nadie ha sentido.
En todo caso, espera lentamente, aguanta pacientemente;
aguarda la ocasión para volver a hacerlo todo desde cero otra vez.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario