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7 de noviembre de 2017

La precariedad de la libertad

Libertad mínima
Desde muy niño, he sentido (no siendo el singular) que mi percepción del entorno ha sido una variante, comparada en perspectiva con la del grupo social que me circundaba (Los valores e imágenes utópicas [que no estaban tan mal y auguraban relaciones afables] que recibía en casa [aunque no se cumplían en la misma] no se reflejaban en lo absoluto en la escuela o la calle [supongo que me impartían estos para que, con suerte, en algún momento futuro, pueda seguir la senda prevista]; y cada intento –lleno de desconocimiento e inocencia a raíz de la sobreprotección– por imitar el nuevo mundo que observaba terminaba en un fracaso total. Siempre me asombraba cómo la gente [en lo superficial que podía experimentar sin conocerlos, porque, ¿quién se deja conocer por un niño?] aceptaba más a los falsos y mentirosos, mientras rechazaba con ahínco la sinceridad. Era un incompetente social).

No ha de sorprenderme el porqué ahora, al principio pues sí, que, a la mayoría de nosotros, por lo menos en mi sociedad, nos crían padres sin preparación alguna. Los niños que me rodeaban solo eran una proyección un poco más tierna (en esa edad) de su familia, vecindario y sociedad, a la que estaban adjuntos ineludiblemente y que solo repetían lo mucho o poco que captaban a través de sus sentidos (sobre todo, creencias erróneas y predeterminación improductiva para una sociedad “de bien”, vaya programación-exabrupto); de igual manera lo hacía yo, en gran medida.

La situación era la siguiente: las nuevas «familias» no tenían (o tienen [con trascendencia mayúscula]) conocimiento conductista básico, y mucho menos una vida interior más allá de los planes para poder llegar seguros financieramente al fin de mes (e incluso los descendientes, en casos, que ahora ya no tienen que preocuparse por lo último, se dejan arrastrar por estímulos del mundo actual, como hacerse ricos –cuestión para nada impactante–). Son, eran, simples seguidoras [las familias] de una herencia enajenante, inadaptada, aparentemente, irrefutable, inmaleable, cargada por generaciones que vivieron bajo condiciones diferentes y con ceguera aguda. Así que los ya crecidos ahora, niños entonces, han conservado y se han adaptado a lo que de ayuda les es, como buenos pragmáticos, para surcar los abusos y desigualdades de las que está llena esta existencia, pues esa es la manera más simple.

No obstante, por alguna razón, mi espíritu crítico, aunque muy levemente enriquecido, rigió más seguido (no sentía el deber de aceptar –aun si intentara aprehender– lo que me era dicho), pero no encontró pilares sobre los cuales apoyarse; siempre opacado, siempre marginal, obstinado; solo había que obedecer y seguir. Sin sustento ni alimento, la alternativa primaria fue ser segregado y reprimido, con tan solo ocasionales atisbos de pensamiento reflexivo y vago entendimiento, que nadie apreciaba.

Exterioricé lo anterior para escribir sobre libertad o, mejor dicho, la ausencia de esta en el ser humano. Concepto, idea, creencia, ideal [la libertad] que considero casi ilusorio a plenitud y compleción.

Primero, quisiera repasar los tres modos de libertad que se me ocurren:

-          Libertad legal (ejercicio del ordenamiento jurídico)
-          Libertad espiritual (ejercicio interior)
-          Libertad desinhibida (ejercicio «descontrolado»)

Me disculparán las denominaciones, irrisorias para mí. Dentro de la primera –haré unos comentarios en cuanto a cada una–, encontramos las libertades de expresión, opinión, culto, religión, asociación, manifestación, circulación, elección, decisión, pensamiento, prensa y libertad sexual. Mencionaré características en las que coinciden muchas o todas.

Sobre expresión y opinión:

La expresión y opinión inicial, incluso posterior, están reguladas principalmente por el núcleo familiar. Desde infantes, y más cuando se crece en comunión espacial con otras familias, se nos limita la amplitud de expresión, ya sea por irreverente, insolente, grosera o discordante con lo «aprendido» o «practicado» por nuestra parentela, etcétera. Por supuesto, los niños (y qué bueno que esto está cambiando un poco, aunque no sé si para bien) solo deben imitar las reglas; reglas que no aplicarán, pero inculcarán a sus descendientes, con el fin de que algún día alguna generación sí lo haga correctamente. Absurdo.

En resumen, nuestra expresión y opinión, que creemos independientes, es moldeada rápidamente por la familia. Entonces no hay libertad, y si la hay, tal vez ya es demasiado tarde para saber si en realidad algo se hace porque así se quiere o porque en la trastienda la pintura ya está en la pared y uno solo quiere retocarla.

Sobre culto y religión:

Lo mismo podría decirse del culto y la religión, a los cuales estamos apresados, con un matiz de rebeldía durante la adolescencia (mas con sumisión férrea para algunos), finalmente, retornando, con variopintas formas, al mismo fondo.

La patraña del libre albedrío parte de todo lo dicho en los subtítulos de este texto. No hay albedrío, casi todo es una consecuencia, la razón prevalece muy poco, como no dominante que es.

Sobre la asociación:

Cuando nos desarrollamos, la historia no cambia mucho, en referencia a la asociación (no solo como grupo organizado, sino también en general), nos inclinamos, como hábito generacional, a congeniar y unirnos a los mismos grupos, instituciones u organizaciones a las que se unió nuestra ascendencia –para bien o para mal–, sin siquiera pensarlo, basados en lo que, nuevamente, se nos aleccionó en años primeros (en este punto la elección ya se vio comprometida). Y si dejamos la unidad familiar de lado, y nos oponemos un poco, diremos que aprendimos de la vida, en la calle, donde otros «experimentados», todavía con mayor facilidad, nos convencieron de que el funcionamiento del destino y el mundo eran, al menos en un espacio circunscrito, de una manera uniforme, de acuerdo con lo que estas personas habían sentido.

Acotación sobre el funcionamiento del destino, si existe: la solución no siempre está, pues, en el «consejo de la abuelita» o «experimentados» sobre temas múltiples, vale decir, sino en una recopilación de opiniones de índole y ángulo diverso y un estudio meticuloso a partir del cual se tome una decisión sobre un tema aislado (casi nadie lo hace).

Sobre la manifestación:

Como mencionaba César Hildebrandt: «los de siempre, los de siempre, los de siempre», hablando de las manifestaciones de jóvenes a inicios del milenio. Sí, otra vez, simpatizamos más con las ideas de los «líderes», de los que no sabemos nada, y, por sencilla búsqueda de aceptación, los seguimos (esto lo he observado en universidades, clubes, grupos de padres, en templos y congregaciones); seguir a líderes que son un eslabón de la cadena cíclica de aceptación o conveniencia es una gran tendencia. A veces también confraternizamos por rebeldía flácida, inconsistente e infundada (nuevamente sin libertad); una rebeldía que guarda un incidente emocional. No reflexionamos qué puede ser lo más apropiado, concienzudo, diligente, imparcial. Deja de haber libertad cuando lo que la mayoría piensa es lo que el resto empieza a pensar, ya que ese pensamiento [el primero] no es adecuado todo el tiempo, quizá nunca.

Sobre la sexualidad:

Es un tema claro sobre el que se ha embarrado todo lo que se ha podido (la ley, no-involucrados, la ciencia, la religión y, como es reincidente, la libertad, y la posibilidad de la perpetuación de la humanidad [esta no es tan valiosa para asegurar su perpetuación]) con el fin de no hablar directamente y pedir que se acepte lo que cada uno piensa; por mejor decir, personas se han unido para defender cosas en las que no concuerdan y sobre las que todos se sienten dispersos. La verdad es que solo se quiere salvaguardar lo que los afectados piensan y por lo que no quieren ser juzgados ni excluidos; pero para ello han tenido que valerse de convencer a los demás para que apoyen la causa, con violencia, desigualdad, discriminación y actitudes que estas personas claman erradicar. El asunto ha sido incluso usado como carrito de batalla para la distracción. Entiendo y acepto lo que piensan, no todo lo comparto, entiéndase y acéptese lo que no comparto –cualidad de la verdadera igualdad y tolerancia– (lo mismo debe aplicarse como retroacción a lo que yo pienso y a lo que cada uno piensa). Para variar, la mayoría manda, porque así es la democracia. Es tan extenso el tópico que quiero dedicarle un escrito «exclusivo».


La segunda, la libertad espiritual, la que puede, en último caso, perpetuarse más provectamente. Tal vez fuera del pensamiento lingüístico hay más tranquilidad, más paz, más bienestar. Tal vez en la concentración absoluta, en la atención, ya sea activa o inactiva, la libertad si se pueda consumar como tal, sin determinismo, sin predeterminación, sin instrucciones que empezaron a tallarse desde el nacimiento. Todo esto depende, igualmente, de la base lingüística que tengamos y de un buen balance bioquímico. A lo mejor, con diligencia y discernimiento sea suficiente... y un poquito de intuición. Creo que se goza mejor cuando no está aunada a religión alguna. Tal vez en libertad espiritual las cosas toman un cause más práctico, más liso, más suave, impermeable, desarraigado, suelto, puro, llano...
¿Será acaso que incluso en la «trascendencia» nuestra genética cultural tenga también efecto, o que nuestra cultura de vida todavía influya en las decisiones que tomamos y acciones que realizamos?

Y, como siempre, por último, pero no menos importante, tenemos a lo que he decidido llamar libertad desinhibida, aquella en la que uno puede hacer lo que al ánimo soberanamente le plazca; eso dicen. Bajo mi consideración, la peor de todas: hace creer que tenemos resolución propia.

CODA

Libertad política, siguiendo los mismos criterios y movimientos alienantes foráneos, ¡cuánta libertad!

La libertad es una capacidad, si existente, exigua, y cuando presente, mínima.

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