![]() |
| Retomando el camino |
Según la academia, sentido, en su acepción octava, es
la “razón de ser, finalidad o justificación de algo”, y figurando la novena: es
el significado de una cuestión. Es decir, el sentido es el porqué de ser, de
existir. De allí, parto hacia la máxima nuclear de esta opinión: la vida no
tiene sentido más allá del que podamos darle. Aunque, biológicamente, la
sinergia de la vida sí tiene sentido, este parece no siempre aplicarse a la
consciencia psicológica, a la intencionalidad. Al mismo tiempo, el universo, en
toda su vastedad, parece que se expande sin propósito y sin causa, solo, tal
vez, para reiniciarse. Luego, tomando las palabras de Jesús Mosterín –quien
terminó de desvanecerse recientemente–, la vida en declinación biográfica puede
llegar a tener un sentido, siempre y cuando se lo impongamos.
Pero muchos cometemos suicidio todos los días de
nuestras vidas, sobre todo, cuando estas son miserables. Algo penoso y hasta
compasible para alguien a quien sí le importan los seres humanos, con
compromiso y disciplina. En este siglo
XXI, como en todos los siglos, con ciertas maravillas e,
infortunadamente, con demasiadas y vastas sobredimensiones y exageraciones,
este acto sucede y pasa frente a nosotros con frecuencia rauda y acelerada,
pues nos quitamos la vida con vehemencia, con ganas inconmensurables, con
pseudo-astucia incomparable, con ahínco ferviente; es decir, los humanos, en
buena cantidad, e incluso en mayoría, pierden ese tiempo valioso que es la vida,
invirtiéndolo, mejor dicho, malgastándolo en un sueño causado por un cansancio
innecesario, asistiendo a lugares y eventos improductivos (mientras se creen
especiales, hacen casi todo lo que está de moda); pasamos el tiempo frente a
pantallas fijados en insustancialidades, por lo común, nos reunimos con otros
congéneres con un peso interior escaso o nulo, y así seguimos: perdiendo
nuestro tiempo, quitándonos la vida que juzgamos de valiosísima, pero que desperdiciamos
con constancia tenaz, fanática. Nos suicidamos y no nos da vergüenza hacerlo;
hemos encontrado excusas. Tal vez sea consecuencia de la disonancia cognitiva,
la autojustificación, el círculo vicioso de autodestrucción, acentuado más a
partir de las condiciones de la vida contemporánea.
Deambulamos en la existencia, la infravaloramos, somos
una contraposición, nos estorbamos a nosotros mismos, individualmente hablando,
aunque socialmente hablando, también. Darle un sentido a nuestro nacimiento es
una supremacía salvadora, no solo individualista, sino también, unidora. Muchos
de mis escritos son utópicos, pese a que actúo para que no lo sean más, promueven
un ideal, en este caso es despertar el interés de buscar detenidamente y
encontrar felizmente un sentido a nuestra existencia, una existencia
independiente, desarraigada de límites; como expresé alguna vez: “¿quién uno no
puede ser?” (dentro de lo capaz). Debemos ser exploradores de adaptabilidad y
extremos (borrar los miedos innecesarios y nunca detenernos en esa tarea), de
preferencia a favor del bien común percibido. Hay tantas cosas por practicar,
fabricar, hacer, elegir, decidir, incluso, descubrir externa e internamente –sobre
todo, internamente–, entonces, no deberíamos pasar el tiempo en lo mismo, en
especial si aquello es irrelevante, superfluo. Encontremos un sentido a la
vida.
Y puesto que el lenguaje es un sistema que se usa a sí
mismo para definirse y definir su contenido o sus componentes, nada de esto
tiene sentido. Ja, ja.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario