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3 de noviembre de 2017

El sentido de nacer

Retomando el camino
¿Acaso tiene alguno? Existen quienes lo tienen muy claro, por lo menos «de la boca para afuera». Sin embargo, en mi opinión, la gente que tiene esta idea lucentísima, por lo general, depende de una creencia impuesta sin la cual casi todo su norte se desvanecería por completo. Esta creencia, con el paso del tiempo, se convierte en una cuña tan incrustada que puede afectar la percepción de justicia y discernimiento. Además, contradicciones insalvables aparecen en la manutención de esta creencia, por ejemplo: la gente dice que la vida tiene sentido, pero la viven como si no lo tuviera.  Al principio, mencionaba la expresión «de la boca para afuera», porque es observable que la gente experimenta estados físicos y emocionales en los que la vida parece tener sentido ausente; y, de acuerdo con la Dra. Bonnie Burstow, estos estados son más normales y estandarizados de lo pensado en la población; es decir, por dentro, la realidad es tergiversada; aun así, la mayoría de la gente no la exterioriza. Ahora: en este mundo neurótico, el concepto de normalidad está variando indudablemente.

Según la academia, sentido, en su acepción octava, es la “razón de ser, finalidad o justificación de algo”, y figurando la novena: es el significado de una cuestión. Es decir, el sentido es el porqué de ser, de existir. De allí, parto hacia la máxima nuclear de esta opinión: la vida no tiene sentido más allá del que podamos darle. Aunque, biológicamente, la sinergia de la vida sí tiene sentido, este parece no siempre aplicarse a la consciencia psicológica, a la intencionalidad. Al mismo tiempo, el universo, en toda su vastedad, parece que se expande sin propósito y sin causa, solo, tal vez, para reiniciarse. Luego, tomando las palabras de Jesús Mosterín –quien terminó de desvanecerse recientemente–, la vida en declinación biográfica puede llegar a tener un sentido, siempre y cuando se lo impongamos.

Pero muchos cometemos suicidio todos los días de nuestras vidas, sobre todo, cuando estas son miserables. Algo penoso y hasta compasible para alguien a quien sí le importan los seres humanos, con compromiso y disciplina. En este siglo XXI, como en todos los siglos, con ciertas maravillas e, infortunadamente, con demasiadas y vastas sobredimensiones y exageraciones, este acto sucede y pasa frente a nosotros con frecuencia rauda y acelerada, pues nos quitamos la vida con vehemencia, con ganas inconmensurables, con pseudo-astucia incomparable, con ahínco ferviente; es decir, los humanos, en buena cantidad, e incluso en mayoría, pierden ese tiempo valioso que es la vida, invirtiéndolo, mejor dicho, malgastándolo en un sueño causado por un cansancio innecesario, asistiendo a lugares y eventos improductivos (mientras se creen especiales, hacen casi todo lo que está de moda); pasamos el tiempo frente a pantallas fijados en insustancialidades, por lo común, nos reunimos con otros congéneres con un peso interior escaso o nulo, y así seguimos: perdiendo nuestro tiempo, quitándonos la vida que juzgamos de valiosísima, pero que desperdiciamos con constancia tenaz, fanática. Nos suicidamos y no nos da vergüenza hacerlo; hemos encontrado excusas. Tal vez sea consecuencia de la disonancia cognitiva, la autojustificación, el círculo vicioso de autodestrucción, acentuado más a partir de las condiciones de la vida contemporánea.

Deambulamos en la existencia, la infravaloramos, somos una contraposición, nos estorbamos a nosotros mismos, individualmente hablando, aunque socialmente hablando, también. Darle un sentido a nuestro nacimiento es una supremacía salvadora, no solo individualista, sino también, unidora. Muchos de mis escritos son utópicos, pese a que actúo para que no lo sean más, promueven un ideal, en este caso es despertar el interés de buscar detenidamente y encontrar felizmente un sentido a nuestra existencia, una existencia independiente, desarraigada de límites; como expresé alguna vez: “¿quién uno no puede ser?” (dentro de lo capaz). Debemos ser exploradores de adaptabilidad y extremos (borrar los miedos innecesarios y nunca detenernos en esa tarea), de preferencia a favor del bien común percibido. Hay tantas cosas por practicar, fabricar, hacer, elegir, decidir, incluso, descubrir externa e internamente –sobre todo, internamente­–, entonces, no deberíamos pasar el tiempo en lo mismo, en especial si aquello es irrelevante, superfluo. Encontremos un sentido a la vida.

Y puesto que el lenguaje es un sistema que se usa a sí mismo para definirse y definir su contenido o sus componentes, nada de esto tiene sentido. Ja, ja.

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