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31 de octubre de 2016

El valor del desarrollo

La libación más bella para una flor
A fines de junio de 2016, obtuve la oportunidad de participar en un evento de jóvenes líderes en Perú —sepan que tengo muchas constricciones en cuanto a la popularización y democratización del liderazgo en la actualidad; en específico, en lugares con falta de desarrollo en varios aspectos-clave tales como los valores, las relaciones interpersonales, la introspección y, muy en particular, el conocimiento de nuestras capacidades intrínsecas de ser, pensar y actuar; pues debido a la ausencia acérrima de susodichas cualidades, la presencia ingente y deleznable de indeseables y compungivos líderes se vuelve grotesca y de inocuidad reacia, lo que nos enclaustra en un vicio soterráneo...beligerante, que como de todo vicio, nos es impropio zafarnos con facilidad— que tiene como objetivo conectar e inspirar para ejercer el liderazgo en beneficio de la comunidad.

La experiencia fue maravillosa. Me permitió, entre muchas cosas, conocer nuevas visiones, confirmar algunas que ya tenía, ampliar mis contactos y, aunque con premura, disfrutar de gente muy agradable, extensa, interesante y soportable.


Me dio el lujo, también, de compenetrar con la primera y única «ser humano» en captar, —no sé si exagero en esta parte— escuchar y confluir en un bloque de mis ideas —a partir de ese momento, ya no exclusivo a mí— que consiste en la siguiente sentencia:

«De poco, sino de nada, sirven las mejores tecnologías, innovaciones, emprendimientos, sueños, proyectos, programas, etc. si la inteligencia emocional y madurez que albergamos y demostramos en cada contexto (en el mundo de las posibilidades) no encaja idóneamente con ellos».

Es decir, y en especial en la era presente, podemos tener todo de todo, pero si no insuflamos contenido interior, espiritual, llámesele dentrura a nuestro sí, nunca se compondrá una sociedad que vele por el bien común, el prójimo, la felicidad pública sin ser un mercachifle y la realización prudente y próspera.

Ya en repetidas oportunidades, he observado y vivido el caso que expongo a continuación:

«El ciudadano antes pobre e incólume, mediocremente educado pero con la capacidad —en este país— para sobresalir económica y financieramente, adquiere un vehículo mecánico-motorizado; el mismo va por las calles endiosado, avizora a un peatón cruzando o bien por las franjas blancas peatonales o, como es más común, por una incierta parte de la calzada; entonces, aprieta con vehemencia y rencor el acelerador para descargar el odio hacia la clase pudiente y petulante por todos los empujones que le dio cuando insolvente, y la desesperada necesidad de expresión de revanchismo tránsfuga».

Así, se convierte en un círculo improductivo y malhiriente que se explaya a todos los rincones de las ciudades, pueblos y comunidades. Esto deja una impronta insatisfactoria, a largo plazo, en una suerte de inconsiderable colectivo y vuelve un cúmulo de conocimiento y educación en contra de la propia especie, utilizándose para jerarquizar con desdén las relaciones humanas.

Que la educación no se vuelva en nuestra contra, que no evolucione a una herramienta de desigualdad. Que todos seamos felices por siempre.

Con mucho aprecio, respeto y cariño para Gretel Voliveira.

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