| La libación más bella para una flor |
La
experiencia fue maravillosa. Me permitió, entre muchas cosas, conocer nuevas
visiones, confirmar algunas que ya tenía, ampliar mis contactos y, aunque con
premura, disfrutar de gente muy agradable, extensa, interesante y soportable.
Me dio el
lujo, también, de compenetrar con la primera y única «ser humano» en captar,
—no sé si exagero en esta parte— escuchar y confluir en un bloque de mis ideas
—a partir de ese momento, ya no exclusivo a mí— que consiste en la siguiente
sentencia:
«De poco, sino de nada, sirven las mejores
tecnologías, innovaciones, emprendimientos, sueños, proyectos, programas, etc.
si la inteligencia emocional y madurez que albergamos y demostramos en cada
contexto (en el mundo de las posibilidades) no encaja idóneamente con ellos».
Es decir, y
en especial en la era presente, podemos tener todo de todo, pero si no
insuflamos contenido interior, espiritual, llámesele dentrura a nuestro sí,
nunca se compondrá una sociedad que vele por el bien común, el prójimo, la
felicidad pública sin ser un mercachifle y la realización prudente y próspera.
Ya en repetidas
oportunidades, he observado y vivido el caso que expongo a continuación:
«El ciudadano antes pobre e incólume,
mediocremente educado pero con la capacidad —en este país— para sobresalir
económica y financieramente, adquiere un vehículo mecánico-motorizado; el mismo
va por las calles endiosado, avizora a un peatón cruzando o bien por las
franjas blancas peatonales o, como es más común, por una incierta parte de la calzada;
entonces, aprieta con vehemencia y rencor el acelerador para descargar el odio
hacia la clase pudiente y petulante por todos los empujones que le dio cuando
insolvente, y la desesperada necesidad de expresión de revanchismo tránsfuga».
Así, se
convierte en un círculo improductivo y malhiriente que se explaya a todos los
rincones de las ciudades, pueblos y comunidades. Esto deja una impronta
insatisfactoria, a largo plazo, en una suerte de inconsiderable colectivo y
vuelve un cúmulo de conocimiento y educación en contra de la propia especie,
utilizándose para jerarquizar con desdén las relaciones humanas.
Que la
educación no se vuelva en nuestra contra, que no evolucione a una herramienta
de desigualdad. Que todos seamos felices por siempre.
Con mucho aprecio,
respeto y cariño para Gretel Voliveira.
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